Había una vez un joven que vivía en nuestro
vecindario llamado Jimmy, que fue acogido por ser un chico seguro y
divertido; pero su boca frecuentemente lo solía meter en varios
problemas, y nunca aprendía la lección. Cuando la gente
le preguntaba por su conducta y sus bromas, él siempre sonreía, y
decía, “La honestidad es la mejor política, al menos ellos no me ocultan
nada mí, ni yo les oculto nada a ellos”.
Un día, uno de los chicos
que se enfadaba constantemente por las bromas pesadas de Jimmy reunió a
un grupo de amigos suyos a los que tampoco les agradaba Jimmy, y lo
acorralaron en el laboratorio de ciencias.
Brett, el cabecilla del
grupo, le dijo mientras lo miraba con su cara amenazadora: “Tu boca te
metió en esto… recuérdalo”. Cogió un bote de ácido sulfúrico de un
estante del laboratorio y se lo arrojó en la cara. Se le quedaron viendo
mientras Jimmy gritaba de dolor y el ácido derretía lentamente su cara,
antes de mofarse de él y salir corriendo fingiendo estar alarmados y
buscando ayuda.
Cuando la ambulancia llegó y atendieron a Jimmy, el
director preguntó al resto de los adolescentes si sabían lo que pasó.
Brett explicó que pasaron por el salón y vieron a Jimmy merodear por la
sala del laboratorio, y que, para el momento en que entraron, ya estaba
en ese estado. Los otros miembros del grupo se unieron y respaldaron a
Brett con otros datos falsos; Jimmy trató de protestar, pero su terrible
agonía lo mantuvo callado. El director asintió y dijo que iba a hablar
con ellos después de que escuchase la versión de Jimmy, una vez que le
dieran de alta.


