La mansión también constaba de unos espaciosos jardines en los que era
fácil perderse y todo ello rodeado por un muro por el que solo se podía
acceder mediante una gigantesca puerta de acero forjado.
Allí vivía la familia González cuyo cabeza de familia era Joaquín
González y se dedicaba por entero a sus negocios empresariales, su
esposa era la Sra. Patricia González una distinguida dama de la
aristocracia valenciana que además de ser una preciosidad era la madre
de cuatro lindas criaturas. Los pequeños de la casa iban desde los
cuatro meses que tenia José hasta los cinco años que tenia la mayor
Nancy, que era igual de bonita que su madre. Era lo que podríamos
resumir como una familia feliz.
La familia González tenia un servicio que estaba compuesto de una
niñera, dos cocineras y otras dos mujeres que se dedicaban a la limpieza
de la casa y las faenas del hogar, sin contar a los hombres que se
encargaban del cuidado del jsrdín y de los pequeños arreglos que pudiese
necesitar la casa por el paso del tiempo.
Mantenían una relación muy cordial con sus vecinos del pueblo pues en
las fiestas siempre hacían una fuerte aportación de dinero que
engrandecía los festejos.
En apariencia todo funcionaba de maravilla, dentro de pocos días
llegarían las fiestas de Navidad y la familia estaba realizando todos
los preparativos para que fuesen unas Navidades inolvidables.
Pasaron los días y por fin llegó la Navidad; toda la casa se llenó de
colorido y en el jardín adornaron el abeto que tenían con giraldas y
bolas de colores, los niños estaban encantados, todo eran risas y
diversión y muy pronto llegarían los Reyes Magos cargados de regalos
para ellos.
Llegó el día de Noche Vieja y los señores González se preparaban para
asistir a una fiesta que daban en el pueblo, en la que iría a tocar una
orquesta y habría baile hasta bien entrada la noche. Esa noche todo el
servicio tenía fiesta menos la niñera ya que ella se tenía que quedar a
cargo de los pequeños.
Una vez los señores González se hubieron marchado la joven niñera se
dispuso a dar de cenar a lo críos y acostarlos. Los más pequeños no
tardaron mucho en dormirse pero la preciosa Nancy y su hermana Sandra le
pidieron a la joven que les contara un cuento para poder dormir, esta
les contó un par de historias de su invención en las que aparecían
príncipes y princesas y las niñas no tardaron en caer rendidas en brazos
de Morfeo.
La muchacha ya algo agotada las arropó y con mucho sigilo salió de la habitación cerrando tras de sí la puerta.
Eran prácticamente las diez de la noche y se decidió a ir a comer algo a
la cocina, la gran mansión se encontraba en un silencio sepulcral,
tanto que a veces le recorría un pequeño escalofrío por el cuerpo.
Después de prepararse una ensalada y un pequeño bocadillo de jamón y
queso se dirigió al comedor donde escucharía un poco de música mientras
intentaba leer un poco.
Pasaron las horas y la chica se quedó dormida en el sofá. Sobresaltada
se despertó, pues estaba sonando de forma incesante el teléfono, -ring, ring...-
no paraba de sonar en ese momento ella no sabía exactamente donde se
encontraba tardó unos segundos en darse cuenta que estaba en la mansión
de los González.
Se levantó rápidamente del sofá y cogió el teléfono que se encontraba
sobre una mesilla cerca de la lámpara. Descolgó el auricular pero al
otro lado de la línea no se escuchaba a nadie; ella preguntó varias
veces "buenas noches casa de los González ¿hay alguien ahí?",
pero nadie contestó... transcurrido un tiempo colgó el teléfono y se
quedó mirándolo durante unos instantes, luego sin darle más importancia
se fue a recoger los platos y el vaso que había dejado junto al sofá
para llevarlos a la cocina, una vez allí los metió en la pila y cuando
se disponía a limpiarlos volvió a escuchar el timbre del teléfono -ring, ring...-
de nuevo salió corriendo hacia el comedor y sofocada cogió el teléfono.
Tampoco esta vez se escuchó nada al otro lado, la muchacha algo
preocupada preguntaba incesantemente -¿diga, diga?- pero nadie contestaba. Finalmente se volvió a cortar la comunicación.

