Maite se disponía a pasar un agradable día de playa con su familia. Los niños, al detenerse el coche en el parking que había a pocos metros del mar, salieron corriendo hacia la arena mientras ella y su marido bajaban del coche las bolsas de toallas, la pequeña nevera portátil donde llevaban las bebidas, la sombrilla y un par de bolsas mas con los juguetes de los pequeños.
Sin embargo la armonía y la felicidad pronto se vio truncada cuando Sara, la más pequeña de la familia, empezó a llorar como loca mientras se sujetaba uno de sus pequeños piececitos con las manos. Maite y su marido corrieron de inmediato a su rescate, probablemente se habría cortado con algún cristal enterrado en la arena. Pero por desgracia todo era mucho peor de lo esperado.
La pequeña Sara parecía tener algo clavado, un pequeño trozo de metal que Maite inmediatamente reconoció como una aguja, extrajo el fragmento que parecía haberse roto y buscó rápidamente entre la arena el otro trozo para evitar que alguien más se lo pudiese clavar. Su corazón dio un vuelco cuando tras remover un poco bajo sus pies encontró una jeringuilla con restos de sangre fresca que alguien había enterrado con la aguja apuntando hacia arriba. Estaba claro que algún desalmado la había situado de esa forma, como si se tratara de una trampa para animales, para que algún despistado la pisara.
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