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viernes, 29 de marzo de 2013

Tails Doll


Tails Doll es uno de los seis personajes secretos que se pueden desbloquear en el videojuego de carrerasSonic R, creado en 1997 para la consola Sega Saturn y relanzado en 1998 para PC. La leyenda dice que, aquel que logre desbloquearlo tras jugar en la pista Radikal City obteniendo los 5 tokens y llegando entre los tres primeros, correrá el riesgo de ser visitado por el siniestro Tails Doll.
Sin embargo se cree que desbloquearlo no es suficiente para invocar su maligna presencia. Así, son dos las formas para abrir las puertas al demonio Tails Doll. La primera y más conocida es jugar con Tails Doll. No se sabe exactamente cuánto, pero en general se cree que es bastante y hay quienes dicen que hasta debes ganarle (usando a Tails Doll) a los personajes más veloces en el modo Tag Race. La segunda forma de atraer la presencia de Tails Doll es indudablemente escalofriante: debes escuchar —algunos dicen que poniéndola en el modo de reproducir al revés— el tema Can you feel the sunshine? o Livin´ in the city en una habitación oscura. Nuevamente no se sabe por cuánto tiempo, pero lo cierto es que debes concentrarte en sentir la espeluznante presencia y, además, lo más probable es que la canción Can you feel the sunshine?lo atraiga más que Livin´ in the city, ya que es éste el tema que siempre suena cuando juegas con Tails Doll. Entonces, si tienes la desgracia de llamar su atención, esa macabra versión en trapo de Tails (el zorro naranja de dos colas que es compañero de Sonic) aparecerá ante ti: flotando en el aire, desplazándose lentamente con esas costuras que se le ven y con ese alambre que brota de su cabeza y termina en una extraña bola, roja como la sangre y, según lo retratan algunos, resplandeciente como sus inexpresivos ojos de peluche en medio de la oscuridad.

lunes, 18 de febrero de 2013

La muñeca enterrada


Pedro era casi como un hermano para Juan ya que ambos se conocían desde hace algunos años y eran inseparables. Los dos iban al mismo instituto, estaban en la misma clase y, casi siempre que organizaban trabajos en grupo se juntaban.
Un día la maestra de Ciencias Naturales mandó una tarea bastante rara aunque ciertamente entretenida: los alumnos debían traer muestras de distintos tipos de tierra según el nivel de profundidad, guardando en bolsitas un puñado de tierra cada cinco centímetros que horadaran en ella. Como de costumbre, Juan y Pedro se juntaron para trabajar, aunque en realidad aquello de “trabajar” era un pretexto, una excusa perfecta para que ambos consigan el permiso de sus padres para ir al bosque de las afueras de la ciudad.
Una vez allí decidieron que no deberían adentrarse demasiado ya que correrían el peligro de perderse, no sería la primera vez que algún excursionista  poco experimentado se desorientaba en él (en algunos casos con funestos resultados). Marcaron con una tiza todos los árboles por los que pasaban para no confundir el camino de vuelta y empezaron a adentrarse un poco más de lo pactado en las profundidades de la imponente masa de árboles. Llegado a un punto un extraño claro les llamó la atención.
– Este sitio es perfecto para escavar, aquí seguro que no nos molestan las raíces de los árboles y además esas piedras parecen “cómodas” y podemos  sentarnos a comer un bocadillo- dijo Juan.
 – El bocadillo me lo comeré yo mientras escavas, porque desde luego yo no me pienso ensuciar la camiseta nueva” – bromeó Pedro poniendo voz de niña consentida.
 – Hagamos una cosa, nos comemos el bocadillo ahora y con el estómago lleno nos lo jugamos a cara o cruz” – dijo Juan que tenía hambre desde hacía casi una hora.
Tras quince o veinte minutos de risas y bromas, acabaron su almuerzo y Juan sacó una moneda.
– El que pierda empieza, estamos cinco minutos cada uno y continúa el otro. Que  por la “bruja de ciencias” no me pienso partir la espalda. Tampoco vamos a enterrar a nadie, así que 50 centímetros de profundidad como mucho.
 – Vale, prepárate a perder – dijo Pedro mientras sacaba de su mochila las herramientas de jardinería que le había pedido prestadas a su padre.
Juan perdió el lanzamiento y un poco desganado empezó a buscar por todas partes para elegir donde comenzar a cavar. Vio de pronto un montón de hongos rojos con puntos blancos, todos creciendo juntos en el mismo lugar. Aquello suscitó en él un entusiasmo infantil que le hizo correr a cavar en el lugar como si las setas le indicasen con su presencia la posibilidad de encontrar algo extraño bajo tierra.