Caminaba bajo la luz hiriente del sol de enero, proyectando bajo sus pies una delgada sombra color azabache. Usaba jeans azules ajustados a sus muslos, y una camiseta blanca que llevaba adherida al cuerpo por la transpiración.
Cruzó por la Avenida Belgrano, conducido por sus zapatillas de lona rojas, con la atención puesta al otro lado de la calle. Una vidriera reluciente se abría ante sus ojos, exhibiendo ordenadamente deliciosas golosinas en envoltorios de colores chiclosos y cajas de cigarrillos con cordeles rojos. Sus ojos recorrían con desesperación cada estante buscando algo por sí solos, con una ansiedad que segundos más tarde lo sorprendió. En ese momento se hallaba ensimismado sobre aquella incertidumbre.
Como si un destello hubiese activado su maquinaria cerebral, aferró a su mirada una botella de Coca-Cola que resaltaba de las demás en una heladera de cristal. Fue espontáneo, igualmente insólito, un segundo después sabía lo que quería: esa botella helada que transpiraba, como si fuesen las curvas de una mujer invitándolo a acercarse. Se empapó sus labios áridos y esperó un momento agazapado ante la vidriera, con los ojos achinados, esperando a que la Coca-Cola volara desde la heladera como un frisbee. Tan rápido como vino, el deseo se disipó, y sus ojos perdieron el poder de focalización.
Ya erguido, dio media vuelta y volvió a cruzar la avenida. El sol nuevamente le impactó de frente como si fueran pequeños petardos encendidos. La ciudad no era más que gargantas de cemento y ladrillos que se abrían a todas direcciones posibles, como un asterisco esquizofrénico. No había rastro de nadie. Hasta los grillos se achicharrarían si saliesen a cantarle a la soledad.




